Posted on / by New Life Bank / in Maternidad, Medicina reproductiva

Maternidad independiente, una decisión meditada y segura

Lucy tenía 41 años cuando decidió convertirse en madre soltera por elección. Siempre había imaginado la maternidad en el orden “tradicional”: pareja, casamiento, hijos. Pero durante la pandemia, al ver cuánto extrañaba estar con los hijos de su hermana y sus amigas, tomó una decisión que cambiaría su vida: recurrir a la FIV con semen donado. Lo que comenzó como un comentario casi en broma a sus padres —”podría tener un hijo sola”— se convirtió en un plan real cuando ellos, lejos de reírse, la alentaron con entusiasmo.

Su primer hijo tiene hoy casi tres años, y Lucy está embarazada nuevamente del mismo donante, cuya identidad desconoce por completo. Aun así, dice que eso no le quita el sueño: su hijo simplemente “se parece a sí mismo”. Desde el principio fue abierta sobre cómo fue concebido, y ya le explica su historia con un lenguaje simple y honesto, buscando que crezca con confianza y sin sentir que su familia es menos válida que cualquier otra. A quienes la llaman egoísta, Lucy responde con claridad: “La felicidad de un niño no depende de tener uno o dos padres, sino del amor, el cuidado y el tiempo.”

Su camino, sin embargo, no estuvo exento de dolor. Durante su embarazo en 2023, su madre enfermó gravemente, y cuando su hijo tenía apenas 18 meses, ambos padres fallecieron con seis semanas de diferencia. Lucy tuvo que reorganizar su mundo y su plan de maternidad de golpe, contando con que sus padres serían un pilar fundamental. En medio de ese duelo, fue su propio hijo quien la ayudó a seguir adelante.

La nota también da voz a Kim, hoy de 30 años, hijo de Emily, una trabajadora social retirada que tomó la misma decisión en los años 90, cuando la tecnología de fertilidad era más limitada y los donantes podían permanecer anónimos. Kim nunca sintió la ausencia de un padre como un vacío ni guardó resentimiento hacia su madre. Lo que más lo marcó, dice, fue la manera en que Emily lo crió, no la forma en que fue concebido. Crecer viendo el esfuerzo y la dedicación de su madre le dio un fuerte sentido de independencia.

Emily, por su parte, tampoco tiene arrepentimientos. Tras alejarse de una relación larga, decidió que no necesitaba una pareja para ser madre. Destaca que una de las mejores partes de criar sola fue no tener que negociar ni ceder: “Una vez que tomaba una decisión, por más difícil que fuera, nunca tenía que ceder. Siempre podía hacerlo a mi manera.” Hoy, a sus 72 años, mira a su hijo y dice que se convirtió exactamente en la persona que hubiera pedido.

Ver nota completa